El estratega del temple, el pacto y el consenso

Marcelino Iglesias ha forjado su carrera política en base al diálogo y los acuerdos.

Marcelino Iglesias Ricou (Bonansa, 1951) dio sus primeros pasos en política desde la alcaldía de su pueblo, a la que accedió en 1979 como independiente. Unos años más tarde, en 1981 se afilió al PSOE, partido al que ha permanecido unido desde entonces. Antes había mantenido algunos vínculos con el mundo cultural. Su siguiente paso fue hacia la Diputación de Huesca. En 1983 entró en la institución como diputado y en el 87 como presidente.

Iglesias, en el terreno político, no ha dejado nunca nada a la improvisación. Las soluciones a los problemas han venido después de largas conversaciones. Sus movimientos han sido siempre firmes, meditados, y suficientemente sopesados para no tener que retroceder. Desde buen principio se supo rodear de un reducido grupo de colaboradores, la mayoría de ellos de Huesca, y entre los que ya estaba Eva Almunia, a la que ha designado como sucesora. Ese grupo se ha mantenido y seguramente reforzado con el paso de los años. Pero además de eso, y por encima de todo, Marcelino Iglesias ha sido siempre un integrador. Sobre todo en su propio partido, al que él accedió cuando estaba totalmente dividido y al que unió con temple.

Así fue como en 1994 se aupó a la secretaría general del PSOE oscense, donde siempre ha tenido su verdadero feudo político. Desde Huesca, desde la montaña, Iglesias extendió su control sobre el partido. Lo conquistó con labores de estrategia y de casi orfebrería.

No fue tarea sencilla, pero su estilo cercano, llano y sincero le facilitó mucho las cosas. Desde buen principio dejó claro que con él todo el mundo tenía cabida entre los socialistas. Esa ha sido una de las claves de su dilatada trayectoria. Sabía que para ganar debía sumar. Así lo sigue pensando y así se lo ha recomendado a Eva Almunia. «Hay que tomarse muchos cafés con todo el mundo», le ha dicho.

Aunque accedió a la ejecutiva regional en 1990, su ascenso a la cúspide del PSOE aragonés se hizo esperar. No tenía todavía el control. Pese a ello, en 1995 opta por primera vez en su vida a la presidencia del Gobierno de la comunidad. Pero los socialistas aragoneses sufren una dura y sonada derrota. Lejos de dar un paso atrás, aprovecha la crisis para hacerse con la prevalencia dentro de su formación. Lo logra pactando con todas las corrientes encabezadas por Javier Lambán, Carlos Pérez y Carlos Tomás en Zaragoza y con Javier Velasco en Teruel. Establece puntos de conexión y confianza entre ellos. Con estos respaldos se materializa la derrota del entonces secretario general, Isidoro Esteban.

El ascenso

Con el PSOE bajo su mando, pero sobre todo pacificado, opta de nuevo a la presidencia del Gobierno, tras haber ganado unas primarias. Desde el 95 al 99, en la oposición, forja gran parte de su carácter político. Es capaz de remar contra corriente. Tanto que después de las elecciones de 1999, logra un pacto con el PAR, que lo lleva a la presidencia del Gobierno y que deja al PP en la oposición, donde ha permanecido desde entonces. La llegada al poder termina de sanar todas las heridas. Su grupo de confianza se afianza y su partido se acopla más en torno a su figura. Desaparecen las tensiones internas y los socialistas aragoneses dejan atrás turbias etapas de escisiones y guerras.

Si algo ha caracterizado a Marcelino Iglesias ha sido el equilibrio, la tranquilidad. Su tono ha sido siempre el de la gran política, con una visión amplia de la actividad gubernativa. El hombre que bajó de la montaña da ahora el gran salto a Madrid. Desde allí dará un nuevo tono al discurso nacional de su partido. Y lo hará sin cambiar su estilo.