El modelo económico que impera en el mundo actual es el consumismo. El consumismo es una filosofía de vida y de progreso económico que precisa de elementos correctores de su actividad, con el fin de que no se produzca una depredación de las materias primas y un abuso de los recursos humanos que se ponen a su disposición en los sistemas de producción.
Podemos decir que la conciencia de la sostenibilidad se desarrolla con las actividades de Greenpeace en su lucha contra los vertidos de residuos nucleares. La visión gráfica de esta lucha pacífica pone en evidencia la filosofía del consumismo a nivel mundial cuando carece de “factores” que corrijan su actividad económica. El modelo de desarrollo sugiere que el planeta funciona como un gran “reactor” capaz de procesar todo tipo de residuos (ya se viertan en el mar, en los ríos, en la atmósfera o en la tierra) a la velocidad necesaria para no afectar a la salud de la humanidad y es capaz de generar materias primas suficientes como para satisfacer las necesidades de las industrias y la actividad comercial mundial. El consumismo confía en que la tecnología es capaz de dar respuestas inmediatas a todo tipo de problemas (energéticos, de contaminación, de salud y de sobrepoblación) que la humanidad puede encontrarse en el desarrollo económico y productivo. Además, todo ello se resolverá sin necesidad de plantearse grandes problemas: las soluciones aparecerán como propias de un devenir lógico basado en la inteligencia y supremacía humana.
Así pues, la carrera por permanecer en la primera línea del desarrollo económico, social y tecnológico lleva a la sociedad mundial a una huida hacia delante, en las que siempre quedan cuestiones por resolver y enfrentar, que se sacrifican para sostener una pujanza económica y competitiva que permiten mantener empleo y “riqueza” en el país; riqueza que nos permite pagar las cuentas de nuestra sanidad, de nuestras pensiones, de nuestra educación, de nuestra seguridad, de nuestras infraestructuras y de nuestro ocio.
Las crisis, como la presente, pone en cuestión meridiana que los valores que transmite el consumismo son valores inconsistentes (generalmente basados en el capricho y en un sentido absurdo y carente de contenidos y de verdaderos valores de lo que significa la libertad y que intenta transmitir la idea de que si no existe la posibilidad de satisfacer apetencias banales no existe la verdadera libertad).
En estos momentos se puede verificar que los derechos civiles (sanidad, educación, pensiones, acción social…) conseguidos en este estado del bienestar, dependen de recursos económicos y que si estos no existen – si no hay dinero y riqueza a disposición de la sociedad y del Estado – estos derechos desaparecen dando paso a una situación de inestabilidad social creciente.
La Justicia Social ha sido el principio sobre el que se ha basado la Paz en el continente europeo; ha sido el Pacto Social que ha permitido el progreso de Europa y el modelo de Bienestar Social que hemos disfrutado y que ahora está en riesgo.
Los modelos económicos que se están posicionando como dominantes en estos momentos (como China o India…) sacrifican el bienestar de cientos de millones de personas con el fin de obtener unos objetivos y bienes materiales que proporcionan riqueza y poder a una minoría (minoría que coincide y sintoniza con los intereses de dominancia y prepotencia económica de esos Estados); un modelo que no se preocupa lo suficiente por compensar los impactos que sobre el medio natural y social que ha ejercido su economía; en definitiva, una economía centralizada, no democrática que está recogiendo las perspectivas más negativas de los modelos económicos capitalistas y las restricciones en libertades civiles propias de los regímenes autoritarios.
La solución pasa por un modelo que, sin rechazar la tendencia general del desarrollo consumista en el que están inmersos las grandes potencias económicas del momento, sepamos generar un modelo de desarrollo que incorpore los valores que están en la mente de cualquier persona que observe el planeta como una fuente de recursos, en los que se han de respetar los ciclos regenerativos de las materias primas; en los que se han de poner en el mercado “productos” y bienes que tengan bien definidos sus impactos (en el medio ambiente: social, medio natural y coste económico real) y además los ciudadanos tengan la suficiente información a su disposición sobre los bienes y productos para permitirles un consumo consciente y una influencia decisiva en la economía europea.
Decía el ponente invitado por FACU (Federación Aragonesa de Consumidores y Usuarios), en las Jornadas de Consumo Responsable celebradas en nuestro barrio de Las Fuentes, Salvador Berlanga Quintero (premio de Investigación en Consumo de la Comunidad Autónoma de Aragón 2010), que: basta con que un 10% de los consumidores tomen consciencia y presionen al mercado o a la economía, para que ésta dé un cambio en su trayectoria.
De no hacerse, habrá de considerarse la disposición de materias primas como recursos limitados (no sólo en la producción de energía o en la obtención de materias primas sino en cuestiones tan esenciales como la calidad del agua de boca); el consumo de bienes carecerá del sentido de responsabilidad y las clases medias carecerán de medios para influir correctamente en el mercado y en la economía nacional y supranacional. Por ello, si permitimos esa situación, las nuevas economías (las citadas China e India) serán financiadas por los consumidores europeos y españoles, promoviendo y fomentando el desarrollo de economías insostenibles e injustas y autoritarias: Serán modelos económicos que acabarán por imponerse en Europa y en España, por lo que el futuro próximo será cada vez menos halagüeño.
Para hacer frente a esa situación:
Los consumidores, los ciudadanos, debemos de disponer de la información precisa sobre los productos que consumimos y su sostenibilidad social, económica y del medio natural; además debemos de conocer las estrategias y los documentos que los lobbies utilizan para persuadir las decisiones que toman en Bruselas, y que luego llegarán a todas las administraciones de las regiones que la componen; se deben de conocer las estrategias de esas asociaciones de empresas que acaban decidiendo y orientando la calidad de vida de los ciudadanos Europeos. (La creciente liberalización del mercado de trabajo responde a una estrategia predefinida a principios de los años 2000, en la que no ha cabido un análisis de la sociedad europea y española ni de sus agentes sociales).
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