Reflexiones sobre Pedro J. Ramírez

La verdad suele ser lo suficientemente amarga e infame como para no ser creída por nadie común.

Por Miguel Ángel Ibáñez Gómez

Dicen, que dice un proverbio indio, que no juzgues a tu prójimo hasta no haberte calzado sus mocasines durante una temporada.  En la Europa civilizada ello se traduce en la constatación del primer misterio a descubrir por el ser humano: Todos somos uno. Es decir, bajo las mismas circunstancias todos acabaríamos por actuar y tomar las mismas decisiones que el vecino. Tal vez la única diferencia estribara en que hay quien las tomara con lealtad a unos principios o valores, o por el contrario, se dejara influenciar por vicios y debilidades.

Cae P.J Ramírez y se genera un alivio en las esferas del poder. Seguro que hay quien haya celebrado esta caída con regocijo y como un acto de justicia divina largamente esperada. Tras intentos por derribarlo (algunos de ellos bastante infames), ha caído, probablemente, un paradigma de la libertad de prensa que tal vez muchos no compartan (concepción del cuarto poder, poco o nada aceptado en la Europa continental).

Todos los directores de periódicos, probablemente, reciban ingente cantidad de información reservada sobre actividades más o menos “claras” de su ciudad o del Estado. Y estas sean gestionadas con suma prudencia, probablemente para deshacer entuertos, evitar conflictos y detectar la procedencia de “ruidos” – seguro que a veces inofensivos y otras no.

Y también es probable que sepan información que altos responsables desconozcan (tal vez porque comunicarla suponga hacerse acreedor de una grave enemistad); por lo que la visión de un líder engañado y su sucesión de decisiones genere toda una visión psicológica, todo un perfil lleno de defectos. (Existe el mito de asegurar que ciertos servicios secretos – muy secretos – generaban “nudos” difíciles de desenredar en las actividades más sensibles del Estado y una de sus consecuencias era “visualizar” psicológicamente la toma de decisiones de los líderes y su valoración a distancia; era tan perfecta la evaluación que no se precisaba entrevista alguna para captar todas las debilidades de los personajes (incluidas sus reacciones y puntos fuertes). Bastaba con dar la clave del engaño para que un espectador neutral acabara por percibir la ingente multitud de matices que puede adoptar la sobrevaloración de sí mismo en el ejercicio determinados cargos– y seguro que cualquiera en su lugar haríamos lo mismo).

Es, probablemente, lo que le tocó a P.J Ramirez vivir y gestionar esa experiencia. Tal vez esperara más de ésta democracia. Tal vez esperara más nivel de sus líderes políticos. Tal vez…

La presión política ha señalado la debilidad del líder – un líder que ha tenido que saltarse las reglas del juego para acabar con un personaje crítico. Nada nuevo sobre el panorama español o europeo (probablemente porque el ejercicio del poder tiene pocas reglas que observar a ciertos niveles – siempre, tal vez, habrá quien se disponga a hacer posible lo inviable por el bien del país).

Sin embargo, el afectado no echa toda la culpa a la injerencia política que motiva el despido – probablemente bien argumentada y, tal vez confeccionada con un elevado coste de las arcas públicas (estudios, viajes, contactos, entrevistas y golpe definitivo); si no que deja la puerta abierta a un probable error suyo – gesto de humildad que si es sincera contribuirá a una mejor y más sublime capacidad de análisis de la política española (aunque también es posible que se haya fundamentado en una burda patraña – cosa que también suele suceder con frecuencia, para que no haya opción de resurrección).  O tal vez los dos años de separación del mundo periodístico le lleve a una jubilación y a la confección de unas memorias sugerentes que todos – amigos y enemigos – leerán ávidamente (sobre todo entre líneas) con el fin de captar la visión de uno de los más genuinos periodistas de la historia española – al menos su apuesta fue de las más arriesgadas.